Seleccionar página

En un momento en que la imagen y el postureo están a la orden del día, no deja de ser curiosa la irrupción del sonido como fuente de imaginación constante. En una época en la que si no estás en Instagram no existes, saber que los podcasts se han convertido en un elemento cada vez más potente para trasladar ideas, entretener y comunicar no deja de ser como un bálsamo relajante.

Vuelve la era del audio.

A finales de los setenta, principios de los ochenta, alguien dijo que ‘el vídeo mató a la estrella de la radio’, pero no fue así. Esa frase hacía referencia a la irrupción de los formatos televisivos, que, según algunos expertos con la bola del futuro un poco estropeada, auguraban el fin de la radio y, en consecuencia, del sonido en solitario. Pero entrados ya en el Siglo XXI, estamos viendo como la televisión, entendida como la tele en abierto, se está derrumbando sutilmente a causa de la influencia de les multiplataformas. En cambio, la radio ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y convertirse en un generador de contenidos y en un espacio donde disfrutar de los directos ya sea de deportes o de acontecimientos culturales.

Y ahí está: de lo que pasó a ser la radio a la carta en Internet, hemos pasado al pódcast con formatos únicos, exclusivos, fuera de las antenas o paralelas a ellas y que toman vida propia en un mundo cada vez más saturado de material audiovisual. El pódcast ha sabido, como nadie, abrirse un camino primero, y un mercado de oportunidades, después. El pódcast se ha convertido en un pozo sin fondo de productos de todo tipo que han sabido cautivar una audiencia cada vez más fragmentada, con gustos e intereses cada vez más selectivos. Es como si cada uno se hiciera su propia emisora de radio, con sus programas hechos a medida, a partir de sus intereses particulares. Sea como fuere, el podcast y el audio como base de ello, demuestra que el sonido vuelve a conquistarnos. Y lo hace por su gran capacidad de sorprender, de seducir.

A través del audio que podemos escuchar haciendo miles de cosas, podemos viajar, imaginar, sonreír, llorar e incluso excitarnos, pero lo curioso de ello es que cada uno lo hará a su manera y nunca será imaginado entre nosotros de la misma forma, con los mismos matices.

Que bien que el audio haya irrumpido con esta fuerza porque sus posibilidades no tienen límite. Y para ello hay que ser exigente con lo que escuchamos, porque no todo vale. Hay que tener un criterio que englobe des de la creatividad de la historia hasta la calidad técnica del montaje. Al final, tenemos que viajar mentalmente con lo que escuchamos y nuestro criterio nos llevará a la nave que mejor nos traslade, nos lleve a imaginar hasta límites insospechados.

¡Vamos pues a escuchar!

Porque se trata de escuchar, no de oír.